EL FLAMENCO, PATRIMONIO CULTURAL DE LOS GITANOS

EL FLAMENCO, PATRIMONIO CULTURAL DE LOS GITANOS.

Por Agustin Vega Cortés

La conciencia colectiva de los gitanos, nuestro sentido de pertenencia, se fundamenta, más que nada, en un sentimiento, en una emotividad y en un compromiso ético, que nos vincula con nuestro pasado y nos obliga a transmitirlo a las nuevas generaciones. Ser gitano no es vestir de una forma u otra, tener este o aquel oficio, vivir en un lugar u otro, o, incluso, expresarse de una determinada manera, pues todo eso depende de la época y de las condiciones ambientales y educativas de cada familia y de cada individuo. Además, esa visión de la identidad gitana parte de un prejuicio racista que nos viene impuesto desde fuera. Ser gitano es más una actitud ante la vida, una “manera de estar” más que una “forma de ser”, la gitanidad es lo que Antonio Mairena llamó la “razón incorpórea”, y que el mismo define como “ algo impalpable e indefinible que hay que sentir y respetar para ser un buen gitano. La Razón Incorpórea es el honor nuestro, la base de la cultura gitana, el conjunto de nuestras tradiciones y de nuestros ritos antiguos: una cosa que sólo entiende un gitano como Dios manda y que sólo los gitanos la viven. La Razón Incorpórea es intransmisible e ininteligible fuera de nosotros, porque no se puede conocer de verdad lo que no se puede sentir. Sólo se nos permite expresarla por medio de metáforas. La Razón Incorpórea es la fuente de inspiración inagotable del cante gitano y del cantaor, y éste la expresa de forma intuitiva por medio del ‘duende’…”.

El flamenco es el libro sonoro en el cual está escrita la historia de un pueblo a través de miles de letras que hablan de la pena y de la pobreza, del amor y de la alegría, de la lucha de los hombres por vencer la fatalidad de un destino que le viene impuesto solo por el hecho de haber nacido de una madre gitana. De ahí que los cantes gitanos puros no hablen jamás del conjunto de los hombres o de un hombre abstracto, sino que lo hace de un hombre concreto, un hombre gitano que habla de sí mismo. De ahí surge su autenticidad y su credibilidad. El desgarro de los cantes gitanos no es un dolor fingido o inventado. Su queja no está prendida como un abalorio, sino que expresa un padecimiento verdadero que antes del cante se ahogaba en el silencio y la impotencia

Flamenco y gitano han sido sinónimos a lo largo de la historia. Los diferentes estilos o matices que constituyen los cantes fundamentales del flamenco, responden a las familias gitanas que los crearon y difundieron. Si decimos Bulerias de Jerez, tangos extremeños, o solea de Alcalá, para diferenciarlos de otros sones, en realidad, estamos hablando de la forma en la que hacen esos cantes los gitanos de esas poblaciones.

Desde los primeros cantaores de los que se tiene testimonio escrito, como el Tío Luis de la Juliana, El Planeta o el Fillo, de mediados del Siglo XIX, pasando por el Nitri, Enrique el Mellizo, Joaquín de la Paula, Manuel Torre, Tomás Pavón, su hermana, la Niña de Los Peine, Antonio Mairena, Manolo Caracol, Antonio Núñez el Chocolate, Manuel Agujeta, Terremoto de Jerez, Fernanda de Utrera, o Porrina de Badajoz, hasta Llegar a Camarón de la Isla, todo la historia del flamenco es un continuo de familias y estirpe gitanas con nombre y apellidos. Cada seguiriya, cada soleá, cada polo y cada caña que tienen un matiz propio que las singulariza del resto, lleva el apellido de una familia o de un cantaó o cantaora gitanos que la matizó de esa manera.

En los últimos años, gracias a la aparición de figuras tan emblemáticas como Camarón de la Isla, Diego El Cigala, José Merced y otros artistas, gitanos, en su inmensa mayoría, así como a la revolución de los medios de comunicación de masas, y al gran apoyo institucional y económico, el flamenco ha entrado en una nueva etapa en la que cada día crece el numero de aficionados y adeptos tanto en nuestro país como fuera de el y está muy presente en los grandes escenarios de España y del mundo.

Sin embargo, el control absoluto de la producción y distribución o de lo que pudiéramos llamar “la industrial del flamenco”, por parte de personas no gitanas, la mayoría de ellas con una ancestral animadversión hacía los artistas gitanos, apoyadas por unas instituciones políticas y unos medios de comunicación, guiadas, muchas veces, por intereses ajenos a la música y con frecuencia impregnadas también de los mismos prejuicios, está provocando una ”desgitanización” del flamenco profesional; una autentica “limpieza étnica artística”, basada en la marginación y el ostracismo de los profesionales gitanos y la potenciación de una nueva generación de interpretes no gitanos, surgido de algunas peñas, de academias o de programas de televisión, que sin negarle la valía muchos de esos artitas puedan tener, están recreando un nuevo flamenco desprovisto de la fuerza intuitiva y verdadera que hace que esta música sea lo que es.

El intento de reinventar la música gitana sin gitanos, constituye un verdadero saqueo cultural a los gitanos españoles, a los que se le pretende despojar de lo más preciado que poseen. Pero, además, constituye un gigantesco fraude al público, que se acerca a la música flamenca atraído por una autenticidad y una sinceridad que sin los gitanos el flamenco no posee, pues estos son el alma del flamenco, los que lo hacen creíble y le otorgan esa magia que lo ha convertido en una música sublime. Desgitanizar el flamenco es quitarle su espíritu y su verdad, pues desnudo de esos dos elementos constituyentes, perderá su excelsitud y su grandeza, la cultura española y andaluza, perderá una de sus referencias más singulares y los gitanos nos quedaremos sin la más importante insignia (quizá la única verdaderamente propia) de nuestra identidad colectiva.

Todo este proceso de expolio y falsificación cultural, se apoya en una gigantesca mentira, en un falacia histórica sin ninguna base ni fundamento, según la cual, el flamenco es la música popular de Andalucía, y también de Extremadura, que se fue creando a través de los siglos por el pueblo andaluz y extremeño, con la “aportación” de “algunos grupos sociales marginados”, tal y como reza la declaración del Parlamento de Andalucía en la exposición de motivos con la que se solicita a la UNESCO que el flamenco sea declarado Patrimonio Artístico de la Humanidad. Una falaz declaración sobre la génesis y naturaleza del flamenco, en la que no hay ni una sola referencia a los gitanos andaluces ni españoles, a los que seguramente se refieren cuando dicen habla de “grupos sociales marginados”

Esta declaración del Parlamento Andaluz, es el más claro ejemplo de todo lo anteriormente expuesto, y constituye el punto de partida de una estrategia de expolio cultural, que se ha venido fraguando desde hace muchos años desde los círculos de “flamencólogos”, más movido por motivaciones racistas que artísticas, pero que ahora está siendo apoyada por las instituciones públicas, y sus medios de comunicación, que la usan como un elemento más de una política populista y banal que termina creyéndose sus propias ficciones.

Impedir que esa estrategia termine por triunfar, requiere de todos los artistas gitanos una postura de resistencia a la marginación y de reivindicación de su presencia en los escenarios y en los medios de comunicación, pero también el pueblo gitano en su conjunto, debe asumir un compromiso mayor para preservar y enriquecer un patrimonio cultural valiosísimo y único, del que es depositario, y para lo cual no basta con la autocomplacencia y egocentrismo étnico, que nos lleva a conformarnos con “sonar gitano”, sino que hace falta que las facultades artísticas innatas se pongan al servicio del estudio y del conocimiento.

Los artistas gitanos actuales, no deben olvidar que las grandes figuras históricas de las primeras décadas del siglo XX, fueron los verdaderos revolucionarios de esta música sublime. Pues ellos, con su voz desnuda, sin otro acompañamiento que unas palmas y una guitarra, con la humildad y la sencillez de los grandes genios, levantaron esa inmensa catedral musical que se llama cante gitano o flamenco, tal y como ha llegado a nosotros y del que somos herederos.

Por eso, es necesario que los cantaores actuales, sepan combinar de forma armoniosa la fidelidad a ese inmenso legado artístico, con las innovaciones propias de los nuevos tiempos, así como con la evolución inherente a cualquier cultura viva, pero sin que los modismos coyunturales y espurios, terminen por convertir la música gitana en una caricatura de si misma, pues de hacerlo así, serán ellos, y no los otros, los verdaderos responsables del proceso de expolio cultural que aquí denunciamos.

Por todo ello, seria de justicia que previamente al reconocimiento del flamenco como patrimonio de la humanidad, fuera reconocido como PATRIMONIO DEL PUEBLO GITANO.

Agustín Vega Cortés
Asociación Opinión Romaní
Agustínvegacortes@yahoo.es

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